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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Damiana

El 25 de septiembre de 1896, los científicos norteamericanos Ten Kate y Charles de la Hitte viajan al Paraguay a estudiar a un pueblo originario de esa región conocido con el nombre de Guayaquí. Ese mismo día, unos colonos blancos de la zona de Sandoa (Paraguay oriental) realizan una expedición porque les ha sido robado un caballo e inmediatamente acusan a un grupo cercano de guayaquíes. El colono y tres de sus hijos marcharon con armas de fuego y descubrieron a un grupo de guayaquíes que estaba almorzando y, sin dar preaviso, los balearon. Cayeron tres muertos, entre ellos una mujer. Los demás huyeron espantados. En el lugar había quedado una niña guayaquí que tenía un año “más o menos”, a la que se llevan los asesinos.
 Cuando llegan a esos parajes, los investigadores norteamericanos se posesionan de la niña. Según ellos, que empiezan a estudiarla, ésta solía pronunciar las palabras “caibú, aputiné, apallú” de las cuales no se conoce ningún significado guaraní. Se supuso que la palabra Caibú, nombre propio guaraní usado en tiempos pasados, sería como esa niña llamaba a su madre. Por esas ironías sarcásticas de la historia, la niña aché es bautizada Damiana, con el nombre del santo del día de la matanza de su familia: San Damián. Dos años después, la indiecita fue llevada a la provincia de Buenos Aires donde fue entregada a la madre del doctor Alejandro Korn, director del hospicio Melchor Romero. Esa señora la utilizó de sirvienta y luego se la entregó a su hijo, quien la hizo ingresar al establecimiento que dirigía para luego entregarla a una casa de corrección. En 1907, cuando Damiana tenía 14 años, el investigador alemán Lehmann-Nietzsche la fotografía desnuda, foto que luego será mostrada durante años en el Museo de La Plata. Luego, ese científico escribirá: “En el mes de mayo de 1907, gracias a la galantería del doctor Korn pude tomar la fotografía y hacer las observaciones antropológicas e hice bien en apurarme. Dos meses después murió la desdichada de una tisis galopante cuyos principios no se manifestaban todavía cuando hice mis estudios”. Y agrega: “Bien se cumplía el pronóstico del doctor Ten Kate”. Justamente ese norteamericano en 1897 diagnostica: “Esta niña porta un aire enfermo y triste. El aspecto general, las manchas simétricas sobre los incisivos superiores, junto al vientre prominente, indicarían una diatosis escrupulosa”.




La cabeza de Damiana fue enviada al investigador Johann Virchow, de Berlín, para el estudio de su musculatura facial y del cerebro. Sobre esto escribe Lehmann-Nietzsche, en 1908: “Su cráneo ha sido abierto en mi ausencia y el corte del serrucho llegó demasiado bajo. Aunque, por este motivo la preparación de la musculatura de la órbita ya no será posible, lo que quería hacer el profesor Virchow. El cerebro se ha conservado de una manera admirable. La cabeza ya fue presentada a la Sociedad Antropológica de Berlín."

No hace mucho, el grupo Guías, durante el inventario de las colecciones del Museo Antropológico de La Plata, encontró en las vitrinas de la sala de Antropología Biológica un pequeño cajón sin número con el esqueleto de Damiana dentro de una bolsa y envuelto en tela, con una inscripción en papel: “Esqueleto (sin cráneo) de una india guayaquí, Damiana, fallecida en el Melchor Romero en 1907. La cabeza con el cerebro fue remitida al profesor Virchow, Berlín”.

En marzo de 2007, una organización indígena paraguaya reclamó a la Argentina “la restitución de todos los restos mortales pertenecientes a miembros de la etnia Aché que yacen desde hace más de un siglo en las colecciones del Museo de La Plata”. También exigieron la “devolución de todas las piezas aché de las colecciones etnográficas de dicho museo que fueron obtenidas en forma ilegal o violenta como así los objetos provenientes del saqueo de un campamento aché”.

En junio de 2010,fueron devueltos al pueblo Aché los restos mortales de Damiana.
El acto de la entrega se llevó a cabo en el Museo Antropológico de La Plata, por iniciativa del Grupo Universitario de Investigación en Antropología Social en la Red de Investigadores en Genocidio y Política Indígena en la Argentina.


(Osvaldo Bayer)

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Muerte en el Museo de La Plata (Zoológicos Humanos 2)

Francisco Pascasio Moreno le dio la orden precisa a uno de sus ayudantes:
–Vigílelo de cerca a Inakayal, anda todo el día borracho y perdido, parece un fantasma.


Corría la primavera de 1888 y, tal como lo decía el futuro Perito, el cacique llevaba unas cuantas semanas mirando a la nada. Caminaba encorvado, arrastrando los pies. Hablaba solo y se le caían los pantalones de lo flaco que estaba. Quedaba poco del fiero tehuelche, su espíritu aguerrido lo había abandonado después de ser capturado en la Campaña del Desierto.

En sus toldos, a orillas del río Limay, Modesto Inakayal era amo y señor. En la Patagonia mandaba el gran Sayhueque, y junto a Foyel eran sus lugartenientes de confianza. Vacas, ovejas y caballos conformaban su riqueza. Convivía con dos mujeres, estaba al mando de 900 hombres, montaba un caballo overo y cazaba ñandúes con boleadoras. El explorador chileno Guillermo Cox lo describió en sus memorias como un hombre de “cara inteligente, cuerpo rechoncho pero bien proporcionado”. No sabía escribir pero entendía el castellano. En términos siempre pacíficos recibía a los científicos y exploradores con manzanas; y a la hora de la cena mandaba a sacrificar a sus mejores animales.

El primer encuentro con Francisco Moreno se dio en 1879. El trato fue cordial entre ambas partes y hasta se podría decir que entablaron una amistad. Entre 1878 y 1885 el presidente Julio Argentino Roca impulsó la ofensiva militar conocida como Campaña del Desierto. El indio pasó a ser el enemigo del blanco. Y Moreno estaba del lado de los blancos.
Inakayal, junto a Sayhueque y Foyel, cayó prisionero del teniente Francisco Insay en Junín de los Andes, en 1885. Antes de que lo embarcaran con destino a Buenos Aires en el vapor Villarino, el Ejército argentino le robó sus caballos y repartió sus hijos entre las familias de los generales, para que los usaran como sirvientes.


El destino de los caciques fue la isla Martín García. Fueron humillados, vestidos con la ropa que descartaban los soldados, obligados a hachar quebrachos y comer las sobras de la milicia. Sayhueque pudo volver a la Patagonia. Inakayal y Foyel fueron “rescatados” por Francisco Moreno y pasaron a formar parte de la colección viviente –literalmente – del museo de La Plata.

Cuesta imaginar que el edificio con aires de Partenón, ubicado en el centro del bosque platense, haya sido la prisión y la tumba de una decena de indígenas. En el subsuelo, donde hoy funcionan laboratorios y áreas de estudio, estuvieron cautivos “los vencidos” de la Campaña del Desierto. Si bien es cierto que durante el día circulaban libremente por los pasillos del museo, por las noches una pesada puerta de madera se cerraba con candado hasta el amanecer.
Mientras Don Francisco Moreno –como lo llamaban sus empleados– habitaba en el amplio y luminoso segundo piso rodeado de libros y una salamandra para el invierno; los indios “rescatados” por él se amontonaban, con unas pocas frazadas malolientes, en la humedad y oscuridad del subsuelo.
En el mismo lugar en el que recibían una olla de sopa para todos, hombres, mujeres y niños hacían sus necesidades en un rincón. No había forma de salir hasta la mañana siguiente, cuando uno de los empleados del museo les abría el candado. En el listado de prisioneros figuraban Inakayal, una de sus mujeres y su hija; Foyel junto a su compañera y su hija Margarita y Tafá (una alacaluf de Tierra del Fuego), entre otros que nunca fueron identificados.
Cada uno tenía tareas asignadas. Las mujeres se encargaban de la limpieza del museo, el lavado de las ropas del personal y la confección de telares para la venta. Los hombres estaban confinados a tareas más duras como cavar pozos, limpiar los desagües cloacales y trabajar en la construcción del edificio que aún no estaba terminado.

Museo de Ciencias Naturales de La Plata.
Cuando los científicos lo disponían los indios debían prestarse a ser examinados desnudos, fotografiados durante horas o quedarse quietos frente a un pintor que los retrataba. Era la época de la ciencia en que los sabios blancos medían, tasaban, archivaban todo lo que fuera el Otro. Francisco Moreno mostraba orgulloso su “colección viviente” a los colegas del extranjero, mientras el lenguaraz Gabino traducía la lengua originaria al castellano. La mayoría de ellos, sin chistar, aceptaba los mandatos del director del museo. Pero Inakayal no estaba acostumbrado a recibir órdenes: se quejaba de que los blancos le habían matado a sus hijos, robado sus caballos y arrancado de su tierra.

Al igual que Sayhueque, Foyel pudo regresar a la Patagonia a cambio de reivindicarse como argentino. Se le “cedieron” algunas hectáreas, ya por entonces en manos del Estado. Inakayal, en cambio, se negó a resignar su identidad y siguió en cautiverio.


Inakayal sentado en el piso junto a su mujer para ser pintado (pintor al fondo) en una de las salas del museo de Cs. de La Plata .

El antropólogo Herman Ten Kate escribió, en la Revista del Museo (1904), que Inakayal “era reservado, desconfiado, orgulloso y rencoroso. Comunicativo solamente cuando estaba ebrio. Dormía casi todo el día, discutía fácilmente, muy apático y sin ninguna preocupación por su persona”. Estaba claro que el cacique no se sentía a gusto en la galería de exotismos de Moreno.

En 1887 los indios prisioneros comenzaron a morir de manera extraña. El 21 de septiembre murió Margarita. El 2 de octubre, la mujer de Inakayal. El 10, la mayor del grupo, Tafá. Algunos diarios de la época dieron cuenta de estas muertes en cadena. El Eco de Córdoba, asociado a grupos católicos, acusó a Moreno de “caballero de la noche”. Un periódico porteño, L’Operario Italiano, lo cuestionó por no respetar las disposiciones municipales acerca del tratamiento que debía darse a los difuntos. El matutino platense La Capital también menciona la “muerte de una niña india en el Museo”.

La familia prisionera en el sótano del museo.
El cacique tehuelche, uno de los últimos en resistir, veía a diario cómo los cuerpos de su gente eran descarnados y expuestos a los visitantes tras su muerte. Inakayal sabía que corría el mismo destino. La tristeza le había quitado hasta las ganas de dormir. Se pasaba horas mirando los restos de su mujer, exhibida en una vitrina junto a otros esqueletos. Francisco Moreno ya no era el amigo blanco que lo visitaba a orillas del Limay. El saco negro de funebrero y ese pantalón con olor a rancio de tanto orín impregnado distaban mucho del aura combativa que mostraba el cacique en otras épocas. Tenía 45 años, los pelos chuzos y un bigote desprolijo. A su amplia cara morena la atravesaban arrugas taciturnas.
 

Los inventarios del Museo certifican que falleció el 24 de septiembre de 1888. Algunas versiones hablan de un suicidio, otras que fue empujado por unas escaleras. El naturalista italiano Clemente Onelli, mano derecha de Moreno, dejó asentado que “Inakayal se arrancó la ropa, la del invasor de su patria, desnudó su torso, hizo un ademán al sol y otro larguísimo hacia el Sur, habló palabras desconocidas… Esa misma noche Inakayal moría”. De inmediato su esqueleto fue descarnado y expuesto al público.
 
 
Tras reclamar durante más de medio siglo, en abril de 1994 la comunidad tehuelche logró que los restos de Inakayal fueran trasladados al valle de Tecka. En medio de actos protocolares, rituales indígenas, discursos políticos en cada parada y cerca del hotel que lleva su nombre, los huesos del cacique volvieron a su tierra. En 2006 el grupo de antropología forense GUIAS comprobó que la restitución fue parcial: faltaban el cuero cabelludo, el cerebro, una oreja y quizás el corazón.
Las comunidades originarias lo calificaron como “una ofensa más a sus ancestros” y llegaron a dudar de que el esqueleto enviado fuera el de Inakayal. Las autoridades del museo dijeron que se trató de un “error administrativo”.


La tradición tehuelche manda que sus muertos deben ser enterrados como si estuvieran en el seno materno, rodeados de los objetos que pudieran necesitar al renacer en otra parte. En épocas remotas mataban al caballo y al perro preferido del extinto. Al lado del cadáver depositaban las armas, los utensilios y el alimento para la hora del despertar. Lejos de estos rituales, el cuerpo del cacique Inakayal fue cuereado como si se tratase de una vaca. Por 120 años su cadáver y su alma no descansaron esperando el renacimiento tehuelche. No es de extrañar que ,como cuentan los empleados del museo,su espíritu deambule por los pasillos de su prisión y su tumba: el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

enlace: http://fannyriffel.blogspot.com/2010/10/zoologicos-humanos.html
fuente://Sergio Cayuqueo

sábado, 11 de septiembre de 2010

Arrasan cementerios indios


Desde fines de los '90,los mega emprendimientos inmobiliarios arrasan con todo a su alrededor,sin importar las consecuencias para el medio ambiente ni la preservacion de patrimonios historicos o culturales.
Tal el caso de la empresa EIDICO,responsable del emprendimiento"Villa Nueva",que comprende un area de aproximadamente 850 HA e incluye 11 barrios nauticos en el Delta de Tigre y San Fernando.
En marzo de este año en el predio"Punta Querandies"se iniciaron las obras de remocion de suelo,que destruyeron toda la flora del lugar.Este predio esta entre los barrios privados Santa Catalina,San Marcos y San Benito(estos 2 ultimos en construccion),debajo de los cuales han quedado destruidos otros cementerios indigenas,como el sitio Garin,con inhumaciones estimadas en los 1000 años de antiguedad.
La firma cuenta con varias irregularidades en su accionar y continua con la remocion de suelos,a pesar de la causa judicial que llevan adelante vecinos de la zona.
Se presento un proyecto en Senadores solicitando no vender esas tierras para preservar los sitios arqueologicos y sagrados (estas tierras pertenecen al Estado).
Asimismo hubo denuncias de desalojos compulsivos de familias que vivian en el predio(en medio del campo),y de la prohibicion a los aborigenes descendientes de la etnia querandi de seguir llevando a cabo sus ceremonias en el lugar,como lo hacen desde tiempos ancestrales.


El dueño de la empresa EIDICO es Jorge O'Reilly,el asesor (y amigo de la infancia)del ex jefe de gabinete e intendente de Tigre,Sergio Massa.

lunes, 16 de agosto de 2010

El ultimo malon

Un malón es la irrupción inesperada y violenta de indígenas para producir matanzas y robos.
El pueblo de mi familia paterna,San Javier,al norte de Santa Fe, a principios del siglo XX era una comunidad que, a pesar de su antiguedad, era reducida, pobre y con pocos medios de comunicación.
Al sur de la iglesia se asentaba el barrio indígena, una fracción de terreno comunal que se les había cedido, a los indígenas, para que construyeran sus vivendas. Allí habitaban, casi junto al blanco, solo separados por 100 metros, junto a los ranchos de rama y paja, la caza, la pesca y el mate amargo, totalmente indiferentes a las comodidades de la civilización que los rodeaba.
Los indios tenían motivos para estar descontentos y concentrar odios y resentimientos. Había promesas incumplidas de determinados caudillos políticos y una serie de cosas que la gente de abajo debía soportar. También se sumaba la problemática del incumplimineto de la Ley de Tierras de 1866, lo cual llevó al reclamo de los indios por la propiedad de los terrenos que legítimamente le pertenecían.
La revuelta de 1904 no fue un hecho espontáneo, ya que de 8 a 10 meses antes, los pobladores y las mismas autoridades de San Javier observaban una gran afluencia de indígenas que llegaban de Santa Rosa, San Martín Norte y otros puntos y en un principio, se creyó que se debía a la proximidad de la fiesta del Santo Patrono.
La participación de los tata-dioses o hechiceros, fue de gran relevancia en el conflicto, porque fueron los reales promotores de la sublevación. Aconsejaron la concentración de los indios de San Martín, Santa Rosa y Cayastá en San Javier y proclamando que la América está hecha para los indios y no para los gringos y sus hijos y que luego de pelear tres años obtendrían la victoria. Además, predicaban un diluvio en el cual perecerían criollos y gringos y solamente se salvarían los indios que se refugiaran en San Javier, de cuya tierra quedarían dueños porque a ellos les pertenecía.
El 21 de abril fue el día fijado. Ya el día anterior, los vecinos se dieron cuenta del peligro y ofrecieron su ayuda al Jefe Político quién se limitó a señalarles los sitios a que debían concurrir a formar cantones en las azoteas de las viviendas y edificios públicos y proveerles de armas, sin decidirse a usar por le momento la violencia. Por su parte el Gobierno de la Provincia a cargo del Dr. Rodolfo Freyre, ante los desesperados requerimientos de las autoridades de San Javier pidiendo refuerzos, envió el vapor Ceres con 150 soldados que llegó el 22, es decir luego de la revuelta.
Los indios, desde la madrugada se hallaban en pie de guerra y se veía como los jefes recorrían a caballo sus filas accionando y hablándoles en su idioma, espectáculo que motivó más alarma en la población. La mañana del 21 transcurría sin novedad, mientras circulaba el rumor que los indígenas postergarían su ataque para la noche, lo cual era más lógico.
Sin embargo, una circunstancia imprevista cambió inesperadamente el panorama: Don Félix Lena, oriental y dueño de la Mensajería que realizaba viajes a Escalada, se presentó a la toldería a reclamar los caballos que le habían robado, quien luego de increpar a los indígenas fue mortalmente herido.
Este hecho desencadenó el motín. Los vecinos, agrupados en 6 cantones, observaron el hecho y abrieron fuego desde el cantón ubicado en la torre de la Iglesia. Un grupo de pobladores salió a guerillear al grupo principal de indios que comenzaba a avanzar en columnas por las dos calles laterales que conducen a la plaza.
Todos los indios iban a caballo con excepción de los cabecillas que corrían al frente blandiendo cuchillos y dando alaridos, al mismo tiempo que uno tremolaba una bandera colorada, otro una blanca con una cruz y un tercero ostentaba una tela verde que le cubría el pecho con la imagen de San José.
De los cantones se hacía un fuego nutridísimo y sin embargo los indios seguían siempre adelante hasta que cayó el último de los tata-dios. Entonces, recién entonces emprendieron la retirada con dirección a un pajonal que quedaba al sur del pueblo.
Muchos de los indios fueron muertos y muchos perseguidos y reprimidos violentamente luego de la rebelión.
Los sublevados fueron apresados y alojados en un corralón de la policía, a la intemperie, condición agravada por las amenazas de lluvia que provocarían una epidemia de sarampión y viruela debido a que el piso en que dormían era de estiércol.
Los hechos de Abril de 1904, fueron totalmente cubiertos por los periódicos de Santa Fe, los cuales responsabilizaron directamente a los gobiernos despreocupados, a los encargados de la educación del indio, a los partidos políticos que utilizaron a los mocovíes para la suma de votos en elecciones, poniéndolos como verdaderos culpables de las lamentables y sangrientas aventuras en las que se embarcaron.


Este hecho fue reconstruido años después, en 1917 y en los mismos lugares por el Dr. Alcides Greca en el film "El Último Malón" donde se relata, mezclado con la ficción lo sucedido en San Javier en abril de 1904.
Actualmente en San Javier viven escasos aborígenes mocovíes de aquella tribu de 1904; muchos de ellos emigraron a Colonia Dolores, San Martín Norte y Recreo ,donde tratan de salvar sus raíces organizados en comunidades.
La pelicula "EL ultimo Malon" es considerada una de las primeras peliculas argentinas,y una joya del cine mudo mundial.

Alcides Greca, oriundo de la misma localidad, San Javier, 13 años más tarde filma en 35mm una recreación de aquellos acontecimientos filmando con los mismos protagonistas de los hechos reales, adelantándose en varias décadas a lo que posteriormente se conocería como neorrealismo.


Sobre los actores participantes:El cacique mocoví Mariano López, líder del levantamiento que participó en ambos acontecimientos. El último malón de 1904 y en su recreación fílmica de 1917.
El papel del cacique rebelde Jesús Salvador y de su compañera de andanzas Rosa Paiquí, fueron los dos únicos actores profesionales. Ambos de extracción teatral. Ella la actriz Rosa Volpe. El resto de los participantes fueron los indios lugareños, la paisanada local y los familiares y amigos del mismo Alcides Greca.


La película se estrenó el día 4 de abril de 1918 en el Palace Theatre de Rosario. Luego, el 31 de julio del mismo año, en la ciudad de Buenos Aires en la céntrica calle Corrientes en el célebre cine-teatro de entonces Smart Palace.
La Greca Film "Empresa Cinematográfica Rosarina" de Alcides Greca funcionó en Av. Pellegrini 1655 de la ciudad de Rosario


Algunos datos técnicos
Originalmente este largometraje tenía una extensión de más de 3.000 metros, de celuloide Su proyección, a una velocidad de 16 fps (fotogramas por segundo), llegaba originalmente a 85 minutos.
Con el deterioro del tiempo, en 1967, Fernando Vigevano del Cine Club de Rosario, logró hacer una nueva copia en 16 mm. Asimismo, con la pérdida de algunos cuadros y el cambio de velocidad de proyección -de 16 a 24 fps- quedó con una duración de 58 minutos.


La película fue coloreada por tramos. La presentación, el epílogo y cada capítulo estaban virados a un color distinto. Uno al verde, al sepia, rojo, etc. En su traspaso a 16mm se dejó en Blanco y Negro.

El montaje fue hecho a la usanza de la época: tijera y cloretona
La iluminación: diurna apoyada por alguna que otra sábana. Los interiores a ventanas abiertas de par en par. Y una adelantada "noche americana" mediante el teñido del celuloide con anilina azul.
El tipo de cámara usada, sin certeza, se supone que fue un modelo de cajón a manivela de origen francés.
El laboratorio que de revelado fue el por entonces conocido "Max Gluskmann" según reza un cartel insertado al final de la película.


Otras curiosidades fílmicas
La toma "aérea" del rancherío incendiándose fue imaginativamente resuelta con una pequeña maqueta y desde el trípode de la cámara colocada en picada simularon la quema del rancherío como represalia contra la toldería mocoví.

jueves, 8 de julio de 2010

Jemmy Button

En 1825, una nave llamada HMS Beagle había salido en misión de exploración hacia la Tierra del Fuego.La nave regresó a Inglaterra al mando del capitán Robert FitzRoy en 1830, junto con tres nativos (un cuarto murió en la travesía). Estos nativos recibieron los nombres de Jemmy Button, Minster York y Fuegia Basket (esta última era una chica), y pertenecían a la etnia de los yaganes, hoy en día extinta, al menos en estado de puridad. El nombre de Jemmy Button le venía porque a FitzRoy le había costado apenas la bagatela de un botón de nácar el comprarlo. FitzRoy llegó alardeando de que traía a sus salvajes en calidad de esclavos, para enseñarles a ser personas civilizadas y cristianas como Dios manda.
De inmediato, en las altas esferas políticas se decidió que Jemmy Button, así como sus tres compañeros, que legalmente ya no eran esclavos, fueran devueltos a Tierra del Fuego, desde donde habían sido sacados contra su voluntad. FitzRoy recibió las nuevas con fastidio, en particular cuando recibió órdenes de que no debería disparar a los nativos bajo ninguna circunstancia, aunque ellos, ofendidos por el secuestro de sus compatriotas, intentaran vengarse de los ingleses... Pero se serenó un poco cuando además se le informó que debería llevar a cabo algunas acciones políticas en el sur, muy cerca de su lugar de destino (reclamar para Inglaterra las Islas Malvinas, por ejemplo, todo en Historia se conecta).
¿Y Jemmy Button? Aunque nativo salvaje por los cuatro costados, no le había sido difícil asimilar los modales y refinamientos propios de la civilización británica, quizás no tanto como un lord inglés de pura cepa, pero sí con certeza de mejor manera que los propios de los rudos marineros en sus tabernas y bajos fondos londinenses. La esforzada entrega de un reverendo de apellido Matthews había tenido mucho que ver en ello. La gente lo miraba con curiosidad, casi como fenómeno de feria, al salvaje caníbal que estaba aprendiendo de manera tan acelerada cómo comportarse en civilización. Debe recordarse que en esa época se consideraba que las diferencias entre distintas culturas no solían considerarse como un problema de aprendizaje o de sociedad, sino racial y biológico: las culturas inferiores lo eran porque sus miembros pertenecían también a razas inferiores. Ver a Jemmy Button vestido de etiqueta y cenando era para ellos casi como ver a un chimpancé amaestrado haciendo lo propio en algún programa de televisión .
Los tres yaganes fueron llevados de regreso a Tierra del Fuego. Allí, una horda de salvajes desprovistos de cualquier rasgo de civilización, recibieron a los retornados. Al principio, habiendo los tres viajeros patagones permanecido demasiado tiempo en el ámbito civilizado, la idea de abandonar sus ropas y volver a sus hábitos antiguos, canibalismo incluido, se les antojó insufrible. York Minster fue el primero que se adaptó, seguido por Fuegia Basket, y no sólo abandonaron del todo las costumbres británicas como si nunca hubieran salido de su tierra nativa, sino que además estuvieron en posición de aprovechar algunos truquillos aprendidos durante la vida en sociedad, para enseñorearse sobre su propia tribu. Para horror del Reverendo Matthews, York y Fuegia regresaron al nudismo y a la antropofagia como si nada. Jemmy Button, por el contrario, las pasó muy mal. Un día en que salió, vestido y con modales, a dar una vuelta fuera del poblado, York Minster se le arrojó encima, le dio una paliza, y le robó toda la ropa y pertenencias. Jemmy, desesperado, se refugió con el reverendo Matthews, tachando de bribones e ignorantes a sus compatriotas, y pidiendo llorando que le dejaran regresar al Beagle, y eventualmente a Inglaterra. La ironía suprema es que el Gobierno británico había dado órdenes precisas de dejarle en tierra, para no contrariar los supuestos deseos de Jemmy Button secuestrado contra su voluntad, y ahora que el pobre quería devolverse a la civilización, el capitán FitzRoy en cumplimiento de sus órdenes tajantes debía dejarle en tierra firme, como finalmente sucedió... En cuanto al Reverendo Matthews, que se suponía debía quedarse en Tierra del Fuego para evangelizar y civilizar a los nativos, al ver esto perdió toda esperanza y acabó reembarcándose en el Beagle, considerando su "misión civilizadora" como algo imposible.

Esto ocurrió en 1831. En 1834, la expedición volvió a toparse con Jemmy Button. Para sorpresa de todos, ya no quería regresar a Inglaterra, porque tenía una chica, a la que presentó como "Jemmy Button's wife". Y andaba cubierto sólo por un taparrabos. De York Minster no se supo más, y de Fuegia Basket sólo se supo que unos cazadores de focas se toparon, en 1842, con una chica yagana que hablaba algo de inglés y que se subió alegremente al barco, para su desgracia, porque los rudos marineros acabaron usándola de juguete sexual, por decirlo suavemente, hasta que acabaron matándola.