lunes, 9 de mayo de 2016

Osario (relato)

Fue mi primer amor, pero en realidad teníamos poco y nada en común. Por eso fue una sorpresa cuando me pidió que lo acompañe al cementerio. Él no desaprobaba pero tampoco entendía el placer que sentía yo al recorrer los pasillos grises de la parte vieja del cementerio, llena de bóvedas grises como pequeñas casonas. Pero esa tarde helada de agosto sintió una repentina urgencia por visitar la tumba de su abuela, fallecida 15 años antes, así que fuimos.
Era avanzada la tarde, hacía mucho frío y el viento cortaba, así que éramos los únicos. Él nunca había ido antes, pero llevó el número de lote y cuadra anotado con lápiz en un pedacito de papel y le pedimos al sereno que nos indicara el camino. El hombre-un pelirrojo flaco y seco- cerró con un manojo enorme de llaves la oficina y se adentró en las callecitas silenciosas con nosotros atrás y un perrito con bigote y barba, colorado como el dueño, adelante, como guiándonos a los tres, saltando entre las tumbas como si estuviera en una cacería. Cuando llegamos el sereno nos avisó que faltaba una hora para cerrar y nos dejó solos.
La tumba estaba llena de yuyos y con la parte de arriba destrozada, como si hubieran saltado encima hasta romperla. En la cruz tenía un portarretratos ovalado con una foto de la abuela, que era como si mi suegro- su hijo- se hubiera puesto un vestido floreado y mirara desconfiado a la cámara. Pensé con una sonrisa en mi suegro, peronista de derecha, guardaespaldas de Guillermo Patricio Kelly caído en desgracia, mujeriego, que se pasaba las noches de los sábados en la Casa del Tango tomando merca. Siempre me acariciaba el pelo con su manaza con anillos de oro y ónix y me dijo "mi nuerita" hasta muchos años después de que dejara de serlo.
Él se puso a arrancar los yuyos y yo lo ayudé, y sin mirarme me contó que había soñado con su abuela, que aunque se acordaba poco de ella la extrañaba mucho y que aunque no quería ir nunca a visitarla en ese lugar, de pronto se había despertado una mañana pensando que los muertos son parte de uno. Me gustó eso. No se escuchaba ni un sonido y podríamos haber sido las únicas personas en el mundo.
En un momento el hechizo se rompió y nos dimos cuenta de que ya casi estaba oscuro y de que ya habían pasado quince minutos de la hora de cierre. Él se apuró para terminar de acomodar las flores que había llevado en un frasco de Nescafé que yo encontré tirado por ahí, se levantó y se persignó con gesto torpe.
Entonces vimos el resplandor.

 El osario es un cuadrado de ladrillos blanqueados a la cal al que con el correr de los años le fueron agregando hileras en la parte de arriba. Ahí van los restos de las sepulturas con arrendamiento vencido cuando no quedan familiares para tramitar otra solución, y también los de la gente que no tiene familia. También se habló de desaparecidos. Unos años antes un empleado del registro civil- el mismo idiota que cuando fui a renovar mi DNI  a los 16 años bromeó con respecto a mi edad porque le parecí mayor, y después retrasó un año un trámite que de por sí era largo y engorroso al anotar mal mi nombre-, un empleado del registro civil, decía, había denunciado no recuerdo con qué motivo que los restos de las monjas francesas asesinadas durante la dictadura estaban en ese lugar. Se sacaron cuerpos y se practicaron algunas pericias-supuse en ese momento- pero no se identificó a ninguna de las francesas.
Y de ese lugar, que estaba a unos metros en diagonal de donde estábamos parados nosotros, venía el resplandor. Aguzando la vista, porque ya estaba bastante oscuro y el viento soplaba muy fuerte e increíblemente frío y lastimaba la vista, vi que eran velas. Un grupito de velas prendidas contra la pared del osario más cercana a nosotros, a cierto resguardo de las ráfagas pero igual con las luces flameando y temblando. Quién las prendió, nos preguntamos. No habíamos visto a nadie en el rato largo que pasamos ahí, y la construcción estaba lo suficientemente cerca como para notar a una persona pegando velas en el piso y encendiéndolas una a una. Nos miramos y volvimos a mirar en redondo el campo chato en penumbras.
Si no queríamos salir pisando sepulturas-y por alguna razón no queríamos-teníamos que acercarnos más al lugar donde brillaban las llamitas hasta tomar el camino principal hasta la salida. Como hasta un par de metros de las velas. Sospecho que para él la situación era más inquietante que para mí, que conocía cada recoveco como la palma de mi mano. Así y todo no estaba del todo tranquila. Y me fui inquietando más a medida que nos íbamos acercando más a la luz amarillenta y temblorosa, agarrados de la mano. Capaz que él me transmitió su nerviosismo con el contacto de esa mano grande, suave y caliente que siempre me gustó tanto. Y a lo mejor también me transmitió la urgencia por salir de ahí antes de que termine de oscurecer. No, pensé,esa urgencia ya estaba dentro mío.
 Cuando llegamos lo más cerca que teníamos que llegar pudimos contarlas. Cinco velas, cuatro blancas y una roja, todas consumiéndose en diferentes fases.
-¿Pero quién mierda las prendió?, nos preguntamos de nuevo.
Cuando les dimos la espalda empezamos a caminar todavía más rápido y él empezó a apretarme la mano todavía más fuerte.
 Cerca de la entrada el perrito parecía esperarnos moviendo la cola y pensé en Ideafix, el perro de Asterix, y en Milou, el de Tin Tin. Y un poco se parecía  Tin Tin el sereno, sólo que más viejo y malhumorado.
- Ya los estaba por ir a buscar- rezongó,y como una de las hojas de la puerta principal ya estaba cerrada y él esperaba impaciente sacudiendo el manojo enorme de llaves, no supimos si creerle o no cuando nos dijo(después de que le preguntamos tratando de aparentar indiferencia) que nadie más había entrado a prender unas velas con ese frío, y salimos a -ahora sí- la noche.


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